Tuesday, August 07, 2007

El Puñal de Sofía

Sola aquella noche, en su casa y justo en el momento más interesante de la telenovela, Sofía quedó en penumbras porque un chispazo de corto circuito inició un gran apagón. Sólo unas pocas líneas de luz entraban por la ventana y los ladridos de los perros se hacían incesantes.
La puerta emitió leve sonido. Alguien estaba allí. Intentaba abrir lentamente la entrada principal de la casa de Sofía.
Ella, aterrada, abrazó su oso de peluche y repitió como murmullo una oración. Entonces la puerta quedó en silencio, pero la persona seguía allí, porque su sombra pasó por la ventana. Sofía respiraba y trataba de buscar con su mirada la ubicación de su visitante.
Con el corazón en la garganta, sacó un filoso cuchillo que guardaba en su gaveta, lo apretó sobre su peluche y esperó, suspiró, tragó y esperó. Sintió los pasos seguros que trepaban por la pared. Era inevitable, iba a entrar. Escuchaba cómo aquella misteriosa persona llegó hasta el techo de zinc.
Los ladridos de los perros, su veloz respiración y los ruidosos pasos sobre su cabeza hicieron de ella un manojo lágrimas, sudor y miedo.
Inmóvil, Sofía escuchaba cómo era forzada una de las láminas de zinc. Aquella persona entró a su casa y Sofía lo sabía. Ella apretó con fuerza su cuchillo y su peluche.
Era un hombre alto y robusto, pero la oscuridad no reveló su rostro. Tomó a Sofía por los hombros y ella, sin saber lo que hacía, utilizó su cuchillo.
Cuando regresó la luz, Sofía reposaba en los brazos de un asaltante y su cuchillo ensangrentado había atravesado a su oso de peluche y había llegado hasta su hígado.

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