La bala pasó veloz con un chillido que parecía burlarse del jadeante Esteban. Mientras corría encorvado y con las manos sobre la cabeza, pensaba en el sufrimiento de su madre al conocer la noticia de su muerte.
Una y otra vez, escuchaba las detonaciones que finalizaban con un estruendo seco en las paredes, aceras, árboles y cuanto objeto se atravesara. Esteban vio un hueco cuadrado en el suelo que servía de boca a un abandonado tanque de agua subterráneo y sin detenerse a pensar se arrojó de cabeza por él.
El tanque resultó más pequeño de lo que esperaba. Sintió el golpe de su cabeza contra la pared, pero no le dio importancia. Se puso de pie e intentó mirar por el halo de luz que entraba por el pequeño cuadro, y se perdía en la oscuridad.
Ahí estaba, en cuclillas su verdugo. Examinaba la penumbra buscando a Esteban, pero no veía nada. Así que disparó a siniestra por todo el lugar. Entre la ciega ráfaga, Esteban yacía fetalmente, llorando y estremeciéndose ante cada impacto de bala que hacía eco en el vacío lugar, su última morada, el claustro donde vagaría su alma por siempre.
Cuando el gatillo se quedó sin aliento, ya no se escuchaba quejido alguno, ni rastro de respiración. Eso era suficiente para el asesino, se levantó y su sombra dejó de cubrir la boca de acceso.
Estaban aun vivía, no sentía su pierna derecha y un fuerte dolor se apoderó de su pecho. No se podía mover, pero pedía ayuda con las pocas fuerzas que le quedaban. Era en vano.
Nunca se supo más de Esteban, salvo que desapareció después de arrebatarle una cartera a una prostituta, una noche de abril.
El encanto de los Duendes (relato)
2 weeks ago